Con los pies ahora en tierra
el ojo se vuelve
sagrado,
fuente de
magia y asombro.
Pequeños ángeles
trazan un
túnel
alado en la
isla,
se posan en
la
cabellera de
los arbustos,
en las hojas,
en las
flores azules,
rosadas y
amarillas.
Harán crecer,
de las manos,
tinta,
pigmentos
o animalias,
un collar infinito
de
llamaradas danzantes
que la
mirada pierde,
pero que el bosque
vuelve a
traer
una y otra
vez.
Hipnóticas,
ignoran
cenizas
y lágrimas,
curan sus
historias mínimas
con abanicos
de cúrcuma
y mandarina.
Acompasan al
viento
en un ancho
cielo
de azafrán
más hondo
que el río.
Es otoño,
pero ellas
no saben
de
estaciones
ni que el
tiempo
es escaso.
Tiempo de
mariposas.
Enormes.
Alborotadas.
Valientes.
Bibiana Alonso
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